El Circo
Octubre 23, 2007
Cuando yo era adolescente, en cierta oportunidad estaba con mi padre haciendo fila para comprar entradas para el circo. Al final, solo quedaba una familia entre la ventanilla y nosotros. Esta familia me impresionó mucho. Eran ocho chicos, todos probablemente menores de doce años. Se veía que no tenían mucho dinero.
La ropa que llevaban no era cara, pero estaban limpios. Los chicos eran bien educados, todos hacían bien la fila, de a dos detrás de los padres, tomados de la mano. Hablaban con excitación de los payasos, los elefantes y otros números que verían esa noche. Se notaba que nunca antes habían ido al circo. Prometía ser un hecho saliente en su vida.
El padre y la madre estaban al frente del grupo, de pie, orgullosos. La madre, de la mano de su marido, lo miraba como diciendo: “Eres mi caballero de brillante armadura”. Él sonreía, henchido de orgullo y mirándola como si respondiera: “Tienes razón” La empleada de la ventanilla preguntó al padre cuántas entradas quería. Él respondió con orgullo: “Por favor, deme ocho entradas para menores y dos de adultos, para poder traer a mi familia al circo.” La empleada le indicó el precio. La mujer soltó la mano de su marido, ladeó su cabeza y el labio del hombre empezó a torcerse.
Este se acercó un poco más y preguntó: “¿Cuánto dijo?” La empleada volvió a repetirle el precio. ¿Cómo iba a darse vuelta y decirle a sus ocho hijos que no tenía suficiente dinero para llevarlos al circo? Viendo lo que pasaba, papá puso la mano en el bolsillo, sacó un billete de veinte dólares y lo tiró al suelo (nosotros no éramos ricos en absoluto). Mi padre se agachó, recogió el billete, palmeó al hombre en el hombro y le dijo: “Disculpe, señor, se le cayó esto del bolsillo.”
El hombre se dio cuenta de lo que pasaba. No había pedido limosna, pero sin duda apreciaba la ayuda en una situación desesperada, angustiosa e incomoda. Miró a mi padre directamente a los ojos, con sus dos manos le tomó la suya, apretó el billete de veinte dólares y con labios trémulos y una lágrima rodándole por la mejilla, replicó: “Gracias, gracias señor. Esto significa realmente mucho para mi familia y para mi.”
Papá y yo volvimos a nuestro auto y regresamos a casa. Esa noche no fuimos al circo. Pero no nos fuimos sin nada…
Hechos 20:35 “Más bienaventurada cosa es dar que recibir”
Proverbios 19:17 “A Dios presta el que da al pobre, Y él le dará su paga”
Proverbios 14:21 “Peca el que menosprecia a su prójimo: Mas el que tiene misericordia de los pobres, es bienaventurado.
El uso de la faja o correa.
Octubre 10, 2007
Mucho se habla hoy en día, del castigo físico hacia los niños, hay muchos a favor y otros en contra. Y no es mi deseo entrar en temas en los que no se llega a un acuerdo, pero si es de mi interés el castigo físico y sobretodo en el que se utiliza un instrumento como este.
Pueden sacarme pasajes de la Biblia, textos completos de psicólogos, pedagogos, psicopedagogos, etc…, pero nunca estaré de acuerdo con que se castigue a los niños (as), con estos objetos.
Para quienes lo utilizan todavía hoy en día, estoy casi segura que si castiga así a sus hijos es porque lo aprendió de sus padres, y me gustaría que usted mismo se ponga en los zapatos de sus hijos, cuando sacas la faja o correa, es uno de los castigos más crueles y salvajes que todavía hoy en día se practica.
No logro entender, cómo personas que experimentaron lo horrible que es este medio de castigo, sean tan crueles de aplicarlo a sus propios hijos, a quienes se supone aman y desean lo mejor.
El castigo con faja o correa degrada al niño, lo humilla, frustra, genera sentimientos de odio e ira contra su papá o mamá, además de las marcas físicas que al tiempo se borran pero y las del alma y el corazón.
Qué logramos al castigar así a los niños?:
1. Que le tengan miedo al objeto, porque pegándoles con esto no vamos a lograr que haya cambios de conducta permanentes, así que únicamente hará lo que se le pida cuando vea la faja.
2. Que no respete nuestra palabra como autoridad, no entenderá que un simple NO se debe respetar, sino esperará hasta ver la correa.
3. Que empiece a odiar y a burlar a los padres, porque quién puede amar y respetar a un verdugo?
Si usted, utiliza este medio de castigo, le suplico que piense, que trate de volver a su niñez, y recuerde los sentimientos que le generaba a usted, y los que siente hoy en día después de que le castigaran así.
Enseñe a sus hijos a que lo respeten sin tener que atemorizarlos.
El respeto se gana no se impone.
Andrea Carrillo


